Educar para Emprender

por | 14 octubre, 2016

Hace algún tiempo, me tocó presenciar un interesante debate donde un expositor relataba, con evidente admiración, una experiencia educativa en un país de Oriente, donde los niños eran instruidos en su etapa escolar, fundamentalmente en competencias profesionalizantes determinadas por una lógica industrial-capitalista.

Así, los niños básicamente tenían sólo clases de: Inglés, Matemáticas, Lógica, Economía y Comunicación. Es decir, una formación para pequeños ejecutivos.

Por supuesto, la contraparte exponía la evidente necesidad que los niños también deben tener acceso a otras visiones de la realidad, a otras disciplinas y a otras competencias. ¿Cuál sería el espacio para el arte, la historia, la filosofía, la música e incluso la educación física en la formación de los niños? era básicamente el cuestionamiento de este otro experto, al relato del primero.

Pero bueno, se trataba de un debate y cada cual se esforzaba en exponer la validez de sus argumentos.

Más allá que me resulta obvio que ni el Estado ni ninguna Institución Educativa, puede ofrecer a nuestras generaciones en formación, un modelo único y sesgado para el desarrollo individual y social, el tema me despertó la inquietud de entender hasta qué punto podemos aspirar, en etapas escolares, al desarrollo de competencias que, en términos generales, podrían llegar a ser fundamentales en las décadas por venir.

En concreto, si resulta válido o no generar instancias, al interior de los programas educativos regulares, que impulsen en nuestros niños (al menos, en los tempranamente interesados) las ganas o la pasión por innovar y emprender.

Por supuesto, respecto a lo anterior se pueden establecer principios ideológicos o filosóficos que determinen que no correspondería desarrollar en los menores competencias que en el fondo (y de ahí el sesgo ideológico) están asociadas a la búsqueda del progreso individual, al materialismo, la ambición y finalmente también, a la idea de que el éxito de uno va a estar asociado al eventual fracaso de otro. En gran medida, la caracterización (o caricaturización) bastante extendida, hoy en día, del perfil y quehacer de un “empresario”.

Pero por otra parte, una mirada un poco más amplia y generosa respecto a los conceptos de innovar y emprender nos permite pensar que el incentivar el desarrollo de habilidades en ambas materias, podrían apuntar exactamente a lo contrario:

Generar capacidades de trabajo en equipo o colaborativo, de planificación y comunicación, desarrollar tolerancia a la frustración (nadie que haya emprendido no ha debido resistir varios fracasos), entender que el resultado de la innovación y el emprendimiento no se basa en el fracaso de alguien más, sino que al revés, en aportar soluciones que faciliten y en el fondo, hagan mejor, la vida de los otros. Para qué hablar de su aporte en el desarrollo de la creatividad, de la perseverancia, de la confianza, de la paciencia, de la capacidad de pensar “fuera de la caja” para encontrar soluciones originales a problemas conocidos, de comprender las necesidades de los potenciales usuarios, de generar empatía con los demás, etc.

Si entendemos que la innovación y el emprendimiento son muchísimo más que el sólo inventar un producto y hacer un negocio para ganar plata, veremos que en su estimulación temprana, podremos aportar, quizás no necesariamente a la formación de nuevos empresarios, pero sí, de mejores personas.

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