¿A qué nos referimos, cuando decimos “emprender”?

por | 17 enero, 2018

Debe haber pocos conceptos más manipulados y mal utilizados en el último tiempo en nuestro país, que “emprender” o “emprendimiento”. Bueno, quizás “coach” o “coaching” sean algunos de ellos.

El tema, en simple, como lo señala el título de este artículo, es qué es lo que realmente podemos definir como un emprendimiento o quién sería objetivamente un emprendedor.

En primer lugar, podríamos consultar el diccionario, que nos dice que Emprender es: Acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro.

Pero luego, quedamos nuevamente ante el amplio marco de subjetividad para definir entonces, el tipo, alcance o tamaño de dicha obra o negocio, que calificaría para la aplicación correcta del término.

En general, resulta obvio que el concepto de emprender está hoy abarcando una serie de actividades que antes se conocían o definían de una forma más corriente o casual y por lo mismo, con menos glamour y épica, que emprendimiento.

Así, una señora que en los años 80′ viajaba en bus a Mendoza a comprar chaquetas de cuero para luego venderlas en hospitales y servicios públicos era una “comerciante”, incluso era llamada también “matutera”. Hoy, sería una “emprendedora”. Lo mismo, una persona que arreglaba ropa en una habitación de su casa u otra que cortaba el pelo eran llamadas “costurera” o “peluquera”, con toda la dignidad y prestigio que ambos oficios merecen. Hoy ambas, perfectamente, se podrían autodenominar también, emprendedoras.

¿Es eso efectivo? ¿Podemos y/o debemos denominar a toda actividad comercial o ejercicio de un oficio, profesión o empleo por cuenta propia un “emprendimiento”?

Yo creo que no. Y no por mala onda, ni por querer quitar ese halo casi mágico y vanguardista que posee el concepto, a todo aquel que quiera utilizarlo.

Por algo mucho más sencillo. Emprender debiera ser en cualquier definición, también, la capacidad de crear valor, de generar una diferenciación y posicionamiento competitivo, que apoye la creación y/o desarrollo de una(s) industria(s) que, en último término, pueda llegar a aportar a la modificación de la matriz productiva (extractiva) de nuestro país.

Eso permitiría dos cosas: Uno, no engañarnos con rankings de innovación o emprendimiento que sitúan a nuestro país entre los primeros lugares de Latam, que en realidad miden la creación de empresas (obtención de ruts) y no el desarrollo, escalabilidad y éxito de las mismas. Y tampoco, creernos el cuento que nuestro país vive una “fiebre emprendedora”, la cual puede atribuirse, en gran medida, a nuestra tendencia a formalizar y burocratizar todas y cada una de nuestras actividades (cabe recordar que Chile ha sido el único país en el mundo donde hasta la corrupción política se ejercía con boletas).

Y lo otro: Focalizar de mejor forma el apoyo estatal al ejercicio del emprendimiento y a la gestión de su ecosistema, promoviendo sectores específicos, donde nuestro país puede obtener, objetivamente, ventajas competitivas de largo plazo a nivel global, como las ERNC, el desarrollo agro-alimentario, el ecoturismo, la investigación astronómica, etc.

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